El UTMX me resulta simbólico, es la primera carrera de
montaña (42km, 2014) en la que participé y también marcaría un idilio con el
correr en senderos. Asumo que el placer viene de la sensación de libertad y
soledad que se experimenta… esos momentos de ensimismamiento o abstracción o egoísmo,
me son indispensables de vez en vez (o de fin de semana en fin de semana).
La ansiedad por enfrentar la carrera me acompañó durante
toda la semana previa, creo que mi rostro mostraba una seriedad más profunda de
la habitual, nada más distante de lo que podía parecer un atisbo de emoción; la
realidad es que todo ese sentimiento se mantuvo contenido, listo para emerger
el sábado 10 de octubre a las 7 a.m.
De forma invariable, minutos previos a una carrera me lleno
de preguntas: ¿pude prepararme mejor?, ¿y si sobreviene una vieja lesión?, ¿qué
tan dura será la prueba?, ¿cómo me sentiré cuando esté de vuelta? Si bien no
acabo de formular interrogantes, los fuegos artificiales anuncian el inicio de
la prueba y no hay más tiempo para pensar en las posibilidades, zancada a
zancada me alejo del grupo de corredores de 50 kilómetros y me colocó, en
compañía de Mauricio, en la punta del grupo de los mortales (de Ricardo Mejía y
Santiago Carsolio no vi ni el polvo).
Para el kilómetro 20 me encuentro solo, en el
avituallamiento en turno me informan que el grupo líder (Ricardo Mejía, Santiago
Carsolio y Adrían Ortega –apunto este nombre en mi memoria) van unos quince
minutos delante de mí, el aviso me llena de fuerza y me lanzo con mayor
confianza al siguiente descenso, en mi mente la idea de llevarme una de las
diez medallas de la rama varonil se instala con fuerza.
En los siguientes diez kilómetros me encuentro con
corredores de 100 km que se han quedado atrás en la carrera (no puedo dejar de
hacer cuentas y pensar cuánto tiempo más les tomará completar el recorrido, en
mí estimación no logran llegar al corte del Mirador a las 10 de la noche).
Mientras dejo el meridiano de la carrera atrás y empiezo a
notar cierta fatiga en los cuádriceps escucho un “¿cómo vas Elías?”, Karina
Carsolio (nos presentamos algunos kilómetros antes mientras corríamos juntos)
me alcanza y deja boquiabierto al ver la gracia y velocidad con la que encara
los descensos, en un triste intento de imitación estoy a punto de perder el
equilibrio y detenerme contra un árbol. Retomo la compostura, pongo los pies en
la tierra y continúo con la esperanza de acortar distancia en algún ascenso
próximo (¡iluso!).
Al llegar al avituallamiento del kilómetro 30 (en donde miro
con cierto celo a los valientes que toman la ruta que los hará sufrir el doble que
a mí) puedo ver a dos corredores más que buscan lo mismo que yo (uno de ellos
de Orizaba y el otro de Toluca), en la siguiente ascenso me siento fuerte y logro
alejarme, pierdo todo en el descenso y no vuelvo a saber de ellos, un corredor
más se materializa detrás de mí y pronto me quita el lugar, ¡no puedo ceder una posición más!, falta poco y aún me siento fuerte.
Poco antes del kilómetro 40 siento que estoy perdiendo
ritmo, que la cola de corredores se acerca; escucho pasos, veo siluetas, no hay
nada… sólo el corredor fantasma.
Unos minutos más tarde Mauricio me alcanza (me da gusto
verlo y saberme en compañía me regresa un poco de fuerza), lo vienen acompañando
las corredoras que más tarde se quedarían con los lugares dos y tres de la
carrera.
El último abastecimiento nos sirve para tomar un poco de
aire, hacer cuentas sobre quiénes vienen delante, y retomar la ruta con
decisión y fuerza; hasta este momento tenemos los lugares 6 y 7, ¿cuál corresponderá
a cada uno?, en realidad no me importa, concluir una carrera larga acompañado
de un amigo es lo que me ilusiona.
La última parte de la carrera pasa muy rápido (seguramente
no fue así, pero es lo que recuerdo), después de 45 kilómetros en los cuales competimos
con cerca de 300 corredores, el final se transforma en un par de kilómetros que transcurren con
un amigo de casa. Mi UTMX termina, llego un segundo detrás de Mauricio;
antes que el cansancio, sobreviene una cascada de sentimientos que me resulta imposible contener, me siento
agradecido por lo que me tocó vivir.
Gracias a la montaña, a quien escucha mis oraciones, a quien
me esperaba con emoción y a los amigos que comparten esta pasión.


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